Así comienza un viaje, por una razón no tan desconocida,
pero aun así incógnita; a las apuradas y en código. Nadie dice nada, ni el
porqué o cómo, nada.
Kilómetros y kilómetros nos separan de una ciudad y acercan
a otra. Kilómetros de un nervioso
silencio.
Dormir, o mejor dicho, pretender hacerlo y espiar
secretamente los comentarios que no debería escuchar. Y lo sé, en ese momento
lo sabía; pero trate de calmarme un poco, aunque no pude evitar que al menos
una lágrima escapara de mis ojos.
“Seguí durmiendo”.
Paramos, y el silencio permanecía, y yo ya estaba ida… no
había mucho que decir.
Seguimos por el infinito paisaje repetitivo, por las
montañas vistas un millar de veces, por los árboles que en 5 horas mucho no
podían cambiar; porque eso ya no era un hermoso panorama, porque eran sólo un
árbol, un prado y montañas, así de monótonas como suenan. Todo era así, igual.
A excepción del cielo tan versátil, coloreado con una
intensa paleta de ideas voladas. Y yo estaba ahí, mirándolo sin nada que
pensar, sin nada que decir o hacer, pues nada quedaba ya.
Tildada, muda y aparentemente hipnotizada continué viéndolo,
observando como mi vida y mi estado de ánimo se reflejaban en esas nubes
renacientes y cielo gris azulado.
Listo, lo dijeron, ya está. Pero continúan hablando y jugar
a ser fuerte está empezando a dejar de funcionar, donde golpear mi cabeza
“suavemente” contra el asiento de adelante no importa, donde ya no mucho
interesa.
Volví al juego, sequé las lágrimas y seguí.
Pero todo se perdió, mi mirada era vacía como un abismo sin
fin, el silencio era cada vez más necesario y la soledad más solicitada.
Metro por metro pedía y rezaba por que el paisaje se
volviera eterno, para así nunca llegar y enfrentar lo peor; que fuera real y no
pesadilla.
No pasó.
Y si, era real y cada vez más profundo se volvió el vacío en
el corazón. Llantos, gritos, pedidos de soledad, de auxilio y entrada a una depresión
más profunda.
Y si. Murió.

No hay comentarios:
Publicar un comentario