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martes, 26 de febrero de 2013

Eterno


Así comienza un viaje, por una razón no tan desconocida, pero aun así incógnita; a las apuradas y en código. Nadie dice nada, ni el porqué o cómo, nada.
Kilómetros y kilómetros nos separan de una ciudad y acercan a otra. Kilómetros de un nervioso  silencio.
Dormir, o mejor dicho, pretender hacerlo y espiar secretamente los comentarios que no debería escuchar. Y lo sé, en ese momento lo sabía; pero trate de calmarme un poco, aunque no pude evitar que al menos una lágrima escapara de mis ojos.
“Seguí durmiendo”.
Paramos, y el silencio permanecía, y yo ya estaba ida… no había mucho que decir.
Seguimos por el infinito paisaje repetitivo, por las montañas vistas un millar de veces, por los árboles que en 5 horas mucho no podían cambiar; porque eso ya no era un hermoso panorama, porque eran sólo un árbol, un prado y montañas, así de monótonas como suenan. Todo era así, igual.
A excepción del cielo tan versátil, coloreado con una intensa paleta de ideas voladas. Y yo estaba ahí, mirándolo sin nada que pensar, sin nada que decir o hacer, pues nada quedaba ya.
Tildada, muda y aparentemente hipnotizada continué viéndolo, observando como mi vida y mi estado de ánimo se reflejaban en esas nubes renacientes y cielo gris azulado.
Listo, lo dijeron, ya está. Pero continúan hablando y jugar a ser fuerte está empezando a dejar de funcionar, donde golpear mi cabeza “suavemente” contra el asiento de adelante no importa, donde ya no mucho interesa.
Volví al juego, sequé las lágrimas y seguí.
Pero todo se perdió, mi mirada era vacía como un abismo sin fin, el silencio era cada vez más necesario y la soledad más solicitada.
Metro por metro pedía y rezaba por que el paisaje se volviera eterno, para así nunca llegar y enfrentar lo peor; que fuera real y no pesadilla.
No pasó.
Y si, era real y cada vez más profundo se volvió el vacío en el corazón. Llantos, gritos, pedidos de soledad, de auxilio y entrada a una depresión más profunda.
Y si. Murió.

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