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jueves, 10 de julio de 2014

Abre, y duele. El alrededor se ambienta. Frío.
Enreda las manos pidiendo calor; fracasa. La nieve se le asemeja, blanca e inverosímil. Roza el pie con las baldosas y acaricia el relieve. Asienta. Planta y empeine acarician las pieles y queda allí, inmóvil. Observa lo que no ve; blanco. Se vuelve con rechazo, arrincona contra la esquina y llora; se permite sentir profundo, vacío. Se presionan contra cada hueso, intentando escapar logrando sólo un grito ahogado. No puede permitirse algún sonido. Una lágrima le llega a los labios; sal. Sus pestañas se cierran, rodea sus manos contra una almohada y entierra su rostro. Muerde. Sangra. Siente cómo el sabor dulce a metal le inunda la boca, y relaja. Recorre caminos rojos en su piel con sus uñas, reconfortándose.

Cubre, seca y respira. La palidez natural vuelve a su cuerpo. Centímetro a centímetro sus pies se acercan al suelo, fríos. Reconociendo nuevamente el ambiente que la rodea, delinea con sus talones y dedos refutando la existencia del ser; sabiendo lo que espera. Agua, tan insípida como incolora, transporta la pastilla que hará que todo se esfume. Bebe; y se recuesta en la silla más cercana. Con el tiempo, el vacío desaparece, junto con cualquier otra emoción genuina que pueda aparecer. El dolor ya no duele, las risas se exageran y por tan sólo unos minutos, la máscara se vuelve realidad. Aun así, la sangre no vuelve a sus pies, ni a sus manos. Frío, eso recuerda quién es.

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