Abre,
y duele. El alrededor se ambienta. Frío.
Enreda
las manos pidiendo calor; fracasa. La nieve se le asemeja, blanca e inverosímil.
Roza el pie con las baldosas y acaricia el relieve. Asienta. Planta y empeine
acarician las pieles y queda allí, inmóvil. Observa lo que no ve; blanco. Se vuelve
con rechazo, arrincona contra la esquina y llora; se permite sentir profundo,
vacío. Se presionan contra cada hueso, intentando escapar logrando sólo un
grito ahogado. No puede permitirse algún sonido. Una lágrima le llega a los
labios; sal. Sus pestañas se cierran, rodea sus manos contra una almohada y
entierra su rostro. Muerde. Sangra. Siente cómo el sabor dulce a metal le inunda
la boca, y relaja. Recorre caminos rojos en su piel con sus uñas,
reconfortándose.
Cubre,
seca y respira. La palidez natural vuelve a su cuerpo. Centímetro a centímetro
sus pies se acercan al suelo, fríos. Reconociendo nuevamente el ambiente que la
rodea, delinea con sus talones y dedos refutando la existencia del ser;
sabiendo lo que espera. Agua, tan insípida como incolora, transporta la
pastilla que hará que todo se esfume. Bebe; y se recuesta en la silla más cercana.
Con el tiempo, el vacío desaparece, junto con cualquier otra emoción genuina
que pueda aparecer. El dolor ya no duele, las risas se exageran y por tan sólo
unos minutos, la máscara se vuelve realidad. Aun así, la sangre no vuelve a sus
pies, ni a sus manos. Frío, eso recuerda quién es.

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