Cruzar.
Manejar. Chocar. Tener o ser el obstáculo en la carretera de la vida provoca
chocar, provoca perder esa vida.
Terminar.
Barrotes
de hierro forjados con maldad bañados con mi sangre ¿Y ahora qué? Ahí va.
Caminando y escondiéndose entre las sombras temiendo de su capacidad, temiendo
al cambio. Ahí va el héroe cobarde, ahí va volviéndose un encapuchado mas, otro
sin rostro.
Temor. Cobardía.
¿Y yo qué?
Soportando que mi jaula se achique, que las heridas se dilaten, que la sangre
fluya hacia el eterno vacío y la gota caiga en lo materialmente inexistente y
científicamente improbable. Pero realmente real.
La jaula
se agranda, los barrotes se separan de mi flácido y sin sentido ser
existencial.
Me
debilito.
Aún así sigo siendo la burla, la tortura
publica, la enemiga en común.
Corrompida
sigo, tirada en una cárcel cuya presencia no era descomunal. Observada por aquellos
encapuchados sin rostro. Juzgada por mí existir. Lentamente asesinada por lo
inexistente.
Pero no.
De alguna
forma sobrevivo, trato de superarlo y sanar las torrenciales cascadas de sangre en mi exterior.
¿Tengo
forma?
Crueldad.

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