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martes, 9 de abril de 2013

Cruzar. Manejar. Chocar. Tener o ser el obstáculo en la carretera de la vida provoca chocar, provoca perder esa vida.
Terminar.
Barrotes de hierro forjados con maldad bañados con mi sangre ¿Y ahora qué? Ahí va. Caminando y escondiéndose entre las sombras temiendo de su capacidad, temiendo al cambio. Ahí va el héroe cobarde, ahí va volviéndose un encapuchado mas, otro sin rostro.
Temor. Cobardía.
¿Y yo qué? Soportando que mi jaula se achique, que las heridas se dilaten, que la sangre fluya hacia el eterno vacío y la gota caiga en lo materialmente inexistente y científicamente improbable. Pero realmente real.
La jaula se agranda, los barrotes se separan de mi flácido y sin sentido ser existencial.
Me debilito.
 Aún así sigo siendo la burla, la tortura publica, la enemiga en común.
Corrompida sigo, tirada en una cárcel cuya presencia no era descomunal. Observada por aquellos encapuchados sin rostro. Juzgada por mí existir. Lentamente asesinada por lo inexistente.
Pero no.
De alguna forma sobrevivo, trato de superarlo y sanar las torrenciales cascadas de sangre en mi exterior.
¿Tengo forma?
Crueldad.

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