La perdí. No siento nada, no siento interés en
algo, entusiasmo, felicidad absoluta, tristeza embriagante; nada. Sólo me queda
fingir serlo. Soy cada vez más fría, sin sentimientos, con menos llantos,
alegrías, razones de existir.
La perdí al rezar por algo prohibido y no
obtenerlo. Al sentir que no podía tenerlo; al sentir un conjunto de emociones
encontradas que, juntas, me hicieron guerra. Y perdí.
Perdí mi alma.

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