Un río
con puentes infinitos, colgados de hilos de hadas y duendes…
Nubes de algodón que se agarran
firmemente de un cielo variante, contemplando constelaciones de humanos desde
arriba. Árboles posando fluidos con vestimenta de hojas verdes, grises y
negras. Juncos danzan formando caminos efímeros y utópicos, indirectamente
guiando hacia un dudoso porvenir.
Azules
y celestes son succionados por el sol,
dando lugar a rosados y naranjas para que pinten su última obra de arte antes
del anochecer, iluminado por estrellas.
Hileras
de altos soldados de eucalipto cuidando parques de inviolable naturaleza y
vida.
Esteros,
prados, árboles y parques que cautivan con su “accidental” belleza; acompañado
de pinceladas de atardecer.
Lluvia
de rayos de sol despiden el día, con destellos e negro anochecer que rasgan el horizonte.
Tierra que habla y camina, permitiendo a su paso la salida de dulces
luciérnagas color almíbar.
Notas
y melodías del versátil coro de grillos y cigarras van dando lentamente un no tan dramático
cierre al silencioso y casi desapercibido cuento relatado por la naturaleza de
lo cotidianamente monótono. Mientras, el cielo abre lugar para un glorioso
acontecimiento en el que la luna se transforma en sol, cuando el espectáculo
marchó por noche de lumbre y sosiego, que ha dejado a ese atardecer sobre otro
cielo.

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